viernes, 24 de marzo de 2017

LYDIA LUNCH [20.050]


Lydia Lunch

(Nueva York-EE. UU., 1949). Cantante neoyorquina, actriz, poeta, fotógrafa, guionista de cine, escritora e icono del Spoken Word. Fundó banda musicales tales como Teenage Jesus and The Jerks, 8 Eyed Spy, Beirut Slump, Harry Crews, The Immaculate Consumptive y su actual, Big Sexy Noise. Siempre estuvo a la cabeza del movimiento llamado No Wave con su banda Teenage Jesus and The Jerks que en el fondo era un desprecio por todas aquellas bandas punk de los 70’s. Tiene una amplia producción discográfica y cinematográfica.


Belleza Divina

Esta es la belleza Divina
de la puta impoluta
de la virgen violada
del cura que castra
del perro y del gato que comen mierda estéril.
Ho testigo. Testigo humano.
Esta es la belleza Divina
Las flores marchitas que alumbran al planeta
El lecho de muerte que acecha a tu puerta.
Besan mis labios tu culo podrido
labios que besan a mi esposa y su hijo.
Esta es la misa, la sacra misa
ritual perenne de vida y de muerte
La que mete su pija
en tu boca y te muerde.
Escucha, escucha...un gospel!!!!
Es la vida que te grita
Cimientos de ruidos, 
arquitectura mal soldada
silencios rasgados, resquebrajados.
Ho testigo, único testigo
Esto es belleza
La belleza Divina
que adorna y mira
que mata ríe
que canta y enmudece
la que te trae la suerte.

Traducción:Hugo Vega Miranda




AMNESIA, EL LIBRO-CD DE LYDIA LUNCH

Por supuesto que deseo
ser la puta más perezosa del burdel
con las piernas abiertas
la cabeza reclinada hacia un lado
un lucky strike colgando
de mis labios escarlata manchados de polla
la mirada en el despertador
cuya palpitación sonámbula
me recuerda con cada latido
que mi pulso se ha relentizado
hasta ser una marcha fúnebre
cuyo cortejo (fúnebre ) será
como una samba larga como un siglo
plagada con los cadáveres esparcidos
de cientos de soldados muertos
cuya artillería pesada ha manchado
mi campo de batalla
con ojos cargados de morfina
cocaína MDMA o locura
mi cabeza emponzoñada
por innumerables contaminantes
en cuya dieta me he agasajado durante decadas
como homenaje a mi propia
supervivencia del mas enfermo.

Traducción: Marc Viaplana



ESTE ES MI ASESINATO

Considerad la idea de la reencarnación como la capacidad de
diseccionar la historia secreta inherente a nuestro código genético
y las múltiples atrocidades que ha contaminado la sangre de nuestra ascendencia.

Contemplad el sufrimiento como una susceptibilidad aguda para la
geografía y el ejército de espectros que infestan el paisaje, que han
dado sus vidas desangradas a los antojos de esos brutos que denigran
la vida celebrando la muerte.

Imaginad que toda losa, rincón o calle ha absorbido la vida,
la muerte y el miedo de cada persona y cada cosa que habéis
conocido, y que es vuestra labor reflejar tal pesadilla.

Este es mi asesinato.



HERMOSO CABRÓN

Hermoso y encarroñado cabrón
Tus calles no han perdido el tufo de revolución
Ni el hedor de tu empeño

Tu extinción inminente

Igual que un mendigo astroso y baldado
Las aceras se cuartean
Y sangran

Callizos ciegos, contrahechos y artríticos
Saciados con los espectros de tu mal

Hermoso y encarroñado cabrón
Tus calles no han perdido el tufo de revolución
Ni el hedor de tu empeño

Tu inminente ejecución

Igual que un mendigo astroso y baldado
Las aceras se cuartean
Y sangran

Y no es el hedor de tu empeño
más que el espectro de tu mal

Traducción de Marc Viaplana.



AMNESIA, EL LIBRO-CD DE LYDIA LUNCH

Lydia Lunch, uno de los nombres más destacados del spoken word y de la cultura underground de Nueva York, continúa explorando nuevos medios para exorcizar a sus fantasmas y este libro es una muestra de ello. Incluye textos inéditos (edición bilingüe inglés y castellano), fotografías de Lydia Lunch y un CD que recoge las colaboraciones con el músico y artista sonoro danés Jacob Kirkegaard y el video Ghosts of Spain.

Buena parte del material del libro está relacionado con sus visitas al pueblo de Belchite (Aragón), arrasado durante la Guerra Civil española. Los textos retoman temas recurrentes en la obra de Lydia Lunch –la guerra y la desesperación del hombre–, pero esta vez inspirados por la experiencia de dicha guerra fraticida. Las bases sonoras del CD están realizadas por Jacob Kirkegaard a partir de grabaciones de los espectros que habitan las ruinas del pueblo aragonés. Las fotografías, por su lado, atestiguan espacios inhóspitos o desiertos de Belchite y otros lugares donde parece que los espectros siguen acechándonos.

El libro-CD Amnesia es un testimonio riguroso de los horrores humanos que Lydia Lunch siempre ha denunciado y es, ante todo, una muestra excepcional de los distintos espacios y vértices que actualmente transita su profusa creación. Texto, sonido, fotografía, vídeo bajo un mismo grito contra la historia y el olvido.

El libro está compuesto por 12 nuevos poemas escritos en España, en versión original en inglés y en traducción al castellano. Todos los textos tienen como eje común la guerra y la memoria o, dicho de otro modo, la violencia y el hombre. Se trata de temas que Lydia Lunch ha trabajado profusamente en los últimos años y que, a raíz del ejemplo del pueblo de Belchite, han cobrado nueva vida.

Junto a los textos, Lunch presenta 14 fotografías realizadas por ella misma. Se trata de una faceta poco conocida de su obra, pero cada vez más importante en su trayectoria y de factura muy personal, que amplía su voz y su discurso. Se trata de un conjunto de 48 páginas en el que textos e imágenes dialogan sobre la destrucción y el vacío de los actos del hombre.

El libro es una cuidada edición supervisada por la misma autora y ha sido publicado por propost.org (Barcelona) y Contemporánea (Granada). Se trata del segundo volumen de la colección conjunta de propost.org y Contemporánea de libros con CD o DVD en los que se investiga las relaciones entre literatura y otras disciplinas visuales y sonoras.

Lydia Lunch y Jacob Kirkegaard han creado Forget To Breathe como acompañamiento sonoro para Amnesia. Los temas de Forget To Breathe son una exploración conjunta en la que está presente la psicoacústica de Belchite

Votada por la revista TIMEOUT como una de las artistas más influyentes de Nueva York, Lydia Lunch continúa explorando nuevos medios para exorcizar sus demonios. Escritora, intérprete, compositora y la más polémica artista de spoken word en el campo de la poesía, ha colaborado con docenas de visionarios como Hubert Selby Jr, Karen Finley, Richard Kern y Sonic Youth, resultando de todo ello un incomparable conjunto de obra. Aclamada por el Boston Fénix como “una de las 10 performers más influyentes de los años 90”, ningún otro artista del siglo XX ha luchado, ha interpretado y ha esculpido su propia visión artística de una manera tan única y original. Desafiando la clasificación, Lydia Lunch ha conquistado activamente nuevos territorios, y ha ganado reconocimiento internacional por la cualidad innovadora de su trabajo. Lunch es una mujer polifacética, conscientemente inclasificable y capaz de mezclar con una naturalidad sorprendente cualidades tradicionalmente atribuidas a los hombres con otras que pertenecen a la naturaleza femenina. Lunch tiene la facultad de romper con cualquier idea preconcebida.

Lydia Lunch es una de las grandes representantes de la no wave neoyorquina. Una de las figuras esenciales del underground universal y, también, performer, poeta, escritora de prosa, artista multimedia, cantante, músico, compositora y una de las grandes impulsoras del spoken word que iniciaron sus amigos y mentores de la generación beat (William Burroughs o Allen Gingsberg).




LOS MUERTOS TIENEN TODA LA SUERTE
EL DESASTRE SE ADHIERE COMO ELECTRICIDAD ESTÁTICA.
CORRUPTA POR NATURALEZA, ARQUITECTA DE LA MUERTE MUDA
LUCHO SOLA UNA CORTA VIDA DE AMARGURA.
PARTIDA EN DOS, LA MENTE DEBILITADA POR LOS AÑOS DE ABUSO.
EL DESEO DE ESTA ENFERMEDAD SE ROMPIÓ Y PERDIÓ BAJO
UN MONTÓN DE MIERDA.
ACARREADOS POR UNA SERIE DE ACTOS IMPRUDENTES, CONFÍO
ESTOS CRÍMENES
A LA MEMORIA.
UNA DESESPERADA HISTORIA DE ABUSO.
APÓSTATA.
TESTIGO DEL LECHO DE MUERTE, ME PUEDES SOLTAR LO MÁS LEJOS POSIBLE.
EN ALGÚN LUGAR DONDE EL RÍO ESTÉ SECO, ESCOGIDO Y ASOLADO POR UNA NADA INTEMPORAL.
NI SOL. NI NUBE. NI CUERVOS QUE CAZAR.
NI COLORES QUE ME RECUERDEN LOS AZULES NI EL NEGRO NI EL ROJO
UN LUGAR DONDE LAS CANCIONES SE PARALIZAN EN SUS SURCOS.
LOS COLIBRÍES PUEDEN IRSE AL INFIERNO.
NI MÁS CHICAS QUE MATAN NI SON MATADAS,
NI HOMBRES COMO PERROS NI MUÑECOS,
NI HABLAR A VOCES.
SILENCIOSAS ALAS SE ABATEN
CALMAN MI IRRITACIÓN
BORRAN TODOS LOS DESEOS PREVIOS
REEMPLAZAN LA ADICCIÓN POR LA RETIRADA
LLAMAN MI NOMBRE COMO PARA VIVIR CINCO DÍAS MÁS
DESPERDICIAR CINCO AÑOS MÁS
BESAN MIS DEDOS A TU CARA.
FRACTURAS LIMPIAS, MAREO.
EL RITUAL COMIENZA COMO MÉTODO DE DIVERSIÓN
DEL SÍNDROME PREOCUPACIONAL.
OJALÁ PUDIERA CREER EN LA MUTILACIÓN COMO SI SIGNIFICASE
OTRA COSA QUE EL HECHO DE ESTAR ABURRIDA SIN MIERDA.
SIN SANGRE.




Casita Blanca

Of course I long to be
The laziest bitch in the whorehouse…
Legs spread wide, head turned to one side
Lucky Strike dangling from my
Cock stained scarlet lips
Eyes on the alarm clock
Whose somnambulant throb
Reminds me with every passing pulsation
That my heartbeat has slowed to a death march
Whose funereal procession will be
A century long samba
Littered with the beautiful corpses
Of hundreds of dead soldiers
Who had come to soil my battlefield
With their heavy artillery
Pumping into me like bullets
Fired at point blank range
Anointed with the hot molten lead
Which would mingle with the blood and cum
Eyes heavy with morphine, cocaine, MDMA or madness
Mind swill drunk on the uncountable contaminants
Whose steady diet I have feasted on for decades
As a tribute to my own survival of the sickest



FIND THE BODY

I saw him first… in the post office
His face a blurry scan on a yellowed piece of paper
His black eyes burning
He was smirking, defiant

It said ‘WANTED FOR-‘
I can’t remember what he was wanted for
But it didn’t matter because I wanted HIM
Before I even KNEW it was HIM I wanted

IT WAS LIKE GETTING LOST IN A FILM LOOP
A LOCK GROOVE, AN OLD LATE NIGHT, BLACK AND WHITE
FILM NOIR LIKE NIGHTMARE ALLEY, THE NAKED CITY,
GUN CRAZY, DOUBLE INDEMNITY – THE FUGITIVE KIND

HE WAS AN IDEAL REFLECTION OF WHO HE THOUGHT I WAS
MIRRORED IN THE DROWNING POOLS OF MY OWN EYES

BEAUTIFUL EYES WHICH LIE BEAUTIFULLY
BEAUTIFUL EYES WHICH LIE

AS I DRAINED THEM OF EVERYTHING
EXCEPT HEAT AND DESIRE

HE WAS LIKE A HUNGRY ORPHAN
SEEKING RELIEF IN MY CRUEL SMILE
MY LIPS WERE TWISTING AROUND A MAN
WHO HE THOUGHT WAS HIM
BUT WAS MERELY A PROJECTION OF ME
MY NEED MY GREED MY LONLINESS

I remember… when … I remember when he was re-inventing himself again and again picking up the derelict pieces of shattered dreams making peace with the empty promises and endless threats

Before his violence and malevolence were a magnetic firestorm
A spontaneous combustion of blood lust and mistrust
Like a punch drunk bruiser shadow boxing in the dark
Punching shadows and raping ghosts

Hell bent on murdering that invisible enemy
That killer inside of him that wanted inside of me
Who just wanted out because it was never enough
It was never enough until it was too much

And the blood in my head became the blood on my hands
And my hands were around his neck and his neck was broken
In 3 different places

And there comes a point
When nothing seems to make sense
Not any more
Not when you’re beyond reason
And whatever it once was it no longer is
And we no longer are and he is gone
And every word has been leeched of meaning
And the more I think I know
The less I seem to comprehend
And he never knew me, didn’t know me
Couldn’t know me, I wouldn’t let him

Because the killer inside of me
Has a mind of her own and has watched one too many
Late night black and white films like
NIGHTMARE ALLEY, TOUCH OF EVIL, GUN CRAZY, DOUBLE INDEMNITY, THE FUGITIVE KIND – VENGENANCE IS MINE

And I too will succumb to a mysterious disappearance
A dead weight free fall, a forced amnesia
AND THEY WILL NEVER FIND HIS BODY



Ghosts of Spain

This is for the ghosts
This is for the ghosts of Guernica, Belchite, Badajoz, El Mazuco,
Monte Pelato, Mataro

This is for the dead and dying

This is for the war torn and battle fatigued

For the widows and orphans of warriors
This is for the warriors
This is for the warriors who were willing to die for their beliefs
Who were willing to die because they believed
It is better to die
Fighting for freedom
Than to live a life enslaved by lies

This is for those who believe
This is for those who believe
And you better believe
You better believe in ghosts
Because soon enough you too will become a ghost

This is for the ghosts of Fallujah, Anbar Provence, Abu Ghraib, Baquba, Guantanamo, Gaza, Beirut, Bagdad, Kabul, Kandahar, Jalalabad, Islamabad, Katmandu, Mogadishu, Darfur, Sierra Leone

This is for the freedom fighters, the insurgents, the rebels and rabble-rousers and for every individual who revolts against tyranny and oppression

This is for the martyrs- Mohammed Mossadeq, Salvador Allende, Oscar Romero, Theo Van Gogh, Federico Garcia Lorca, Pasolini, Bruno Schulz, Madalyn Murray O’Hair

This is for the wounded and traumatized, for the survivors, for those suffering post traumatic stress syndrome, for those that choose to survive, and strive to overcome the roadblocks and landmines, the pitfalls and setbacks, the negativity of a world which forces you to fight tooth and nail, forces you into battle mode on a daily basis just so you can maintain a tenuous grip on your own sanity, after a lifetime of the enemy’s torture, humiliation and brain washing.

This is for the ghosts of Brooklyn, the Bronx, Detroit, Watts, Inglewood, Oakland, St Louis, New Orleans, Memphis, Trenton, Youngstown, Cleveland, Camden, Baltimore, Newark, Little Rock, Tulsa, Baton Rouge.

This is for the ghosts who feel invisible in life, trapped in a warzone of poverty, desperation and neglect, born in a country which glamorizes violence, worships serial killers, threatens by massacre and arrogantly brags about gangbanging the world

This is for the lovers of forgetfulness
Who turn a blind eye to all those
Who have been murdered fighting someone else’s battles

This is for your ghost
This is for your ghost

This is for my ghost




Lydia Lunch, Paradoxia                                             

         Relato 20, páginas 140-145

Vendí las pocas cosas que Marty y yo habíamos acumulado. Todo el mobiliario, el estéreo, mis libros, mis libros, los discos y la mayor parte de mi ropa. Tenía que largarme de L. A. inmediatamente. Antes de recaer en toda la mierda de Johnny. Me las arreglé para juntar lo suficiente para pagar un billete de ida a Europa. En lista de espera.

Ámsterdam. Una Disneylandia psicodélica abarrotada de sex-shops, tiendas de tatuajes y, calle tras calle, un escaparate tras otro con putas avejentadas exhibiéndose dentro. Me sentí como en casa. En cada esquina había un chiringuito donde vendían hierba. Cientos de cafés atestados de miles de turistas, de artistas, de gente que aspiraba a serlo, de directores de cine y de cualquier otra forma imaginable de pervertido. La afluencia de italianos borrachos, marroquíes colocados, americanos ignorantes e ingleses palurdos convertía el lugar en un paraíso para los carteristas. 

Tenía el número de teléfono de un disc-jockey especializado en música underground. Cuando tal cosa existía aún. Lo había conocido unos años antes en una actuación que hice en el Teatro Internacional de la Poesía y el Dolor. Me ofreció su apartmento durante el mes de agosto a cambio de que le ayudase a acabar a tiempo un trabajo, la organización de un festival de verano, de carácter anual, programado para celebrarse en su ausencia. Se iba a Tailandia en treinta y seis horas. Otro golpe de suerte.

Me sugirió que llamara a Babbette, una directora de cine de vanguardia y una mujer deliciosamente curtida. Especialista en documentales sobre los movimientos radicales de los años setenta. Acababa de ser premiada con una beca para filmar una película independiente para la televisión francesa y estaba buscando a alguien que le ayudara en varios aspectos de producción. Me apunté sin pensarlo dos veces, para escamotear una quinta parte del presupuesto. Entregué un guión cuyos temas de celos, locura erótica, aislamiento y rechazo eran el vivo reflejo de las aventuras que yo había estado orquestando durante años. Tenía tres semanas para doblegar a aquella bestia, antes del inicio del rodaje. Tres emanas para merodear por mercadillos, librerías, galerías de arte, clubs nocturnos o emporios de la droga; para garabatear notas en ráfagas frenéticas, que luego iban a ser encajadas en el script. El rodaje empezó al día siguiente de presentar el guión. Un caótico revoltijo de emociones cruzadas.

Conocí a Styn durante la filmación. Era el encargado de los efectos especiales. Misteriosas puertas que se abrían y se cerraban. Agujeros taladrados en la frente. Narices sanguinolentas. Heridas de guerra. Yo ya estaba acostándome con dos de los actores y me había encamado con varias de las chicas del catering. Él me dio un respiro de la penosa tarea de escribir, codirigir y actuar en una película que de todas formas no iba a ver nadie.

Juntos nos tomábamos largos descansos fuera de las localizaciones, y vagábamos sin rumbo por los boscosos barrancales que flanqueaban la enorme y ruinosa finca en la que estuvimos confinados durante semanas. Yo estaba fascinada por su educación europea, su cultura y sus maneras refinadas y tranquilas. Una especie totalmente diferente. Declaraba, coincidiendo conmigo, sentir indiferencia por los remordimientos, los celos o el sentimiento de culpa. Decía que el pozo de sus emociones era una charca de poca profundidad más allá de la cual mandaba la inteligencia. La razón se imponía cuando la fibra sensible aflojaba, y eso le ahorraba las heridas autoinfligidas del amor perdido, el ego destrozado o las relaciones tormentosas. Encontrar su punto débil era un desafío.

Me seducía con pasajes robados a Blanchot, a Bataille o a Foucault. Yo me dejaba seducir por sus cortos monólogos cuya belleza me llenaba de hastío y melancolía. Cuando estaba a punto de llorar, él reía quedamente y me susurraba que era hora de volver al trabajo. La filmación estaba a punto de terminar.

Styn me sugirió que lo celebráramos y me invitó a cenar. Tenía un piso de soltero en una segunda planta, que daba a uno de los muchos canales que entrecruzaban la ciudad. Unas tenues luces blancas y una música anodina no hacían presagiar la pesadilla en ciernes. Un exquisito pescado blanco, una sopera llena de un suave consomé, fruta, vino. Sencillo. Elegante. 

Hasta que empecé a sentir náuseas. Mareos. Ni siquiera habíamos acabado de comer cuando la habitación entera comenzó a dar vueltas. La vista me flojeaba. Estaba a punto de desplomarme. Ebria, pero no de vino. Me pregunté si habría echado algo en mi copa… quizás un tósigo ligero. Un poco de arsénico. Belladona. La obra de Bataille El azul del cielo, hecha realidad. Styn parecía preocupado y a la vez divertido por mi percance. Me llevó con delicadeza hasta su cama y me pasó un trapo húmedo por la cara. Dijo que tal vez la comida fuera demasiado rica en proteínas, excesivamente dulce, o que quizá estuviese en mal estado. Empezó a halagarme, susurrándome lo bien que me sentaban las náuseas. Cómo daban una palidez radiante, un lustre luminoso, a mi ya de por sí blanquísima piel. Afirmaba que estaba resplandeciente, fascinante, maravillosa, algo digno de ver. Y que se estaba empalmando. Estaba rígido. Que si me importaba si se quitaba los pantalones, para darle un respiro a su excitación. Que la ropa lo estrangulaba. Mientras tanto seguía murmurando cuánto me favorecían las náuseas.

Le pedí que me ayudara a ir al baño. Ya no podía controlar los espasmos que me hacían estremecer el cuerpo. Necesitaba vomitar, mear, cagar. Estaba a punto de ensuciarme toda. Con el mayor cuidado me despojó del vestido, de las bragas y del sujetador; los dobló meticulosamente y los colocó encima del toallero. Sus maneras sofisticadas me recordaron las de un sirviente bien pagado. Insistió en que me arrodillara ante el retrete, que me purgara, que no fuera tímida. Que él estaba allí para ayudarme. Se quedó a mi lado, comprobando mi pulso, mi temperatura. Las pupilas de mis ojos. Las inmaculadas baldosas blancas brillaban reflejándose unas en otras, aumentando mi vértigo. Mi estómago se retorcía. Comencé a expulsar gran parte de la comida, bilis. Orinando y defecando al mismo tiempo encima del retrete, de las baldosas, de mis muslos. Mis entrañas, agitadas por las convulsiones, chorreaban por cada orificio.

Me desmayé y recuperé la consciencia varias veces. Perdí la noción del tiempo. No tenía idea de cuánto rato pasé tirada junto al retrete. Estremeciéndome. Con las tripas gimiendo. El sonido del disparador de la cámara que me estaba ametrallando me sobresaltó. El hijo de puta había estado fotografiando todo mi calvario. Poco a poco, empecé a recuperarme. Reuní la fuerza suficiente para levantar la cabeza, pedir un vaso de agua. Styn sonrió con dulzura e hizo girar la manecilla de la ducha. Retiró de la pared el enorme grifo, comprobó la temperatura del agua y orientó el chorro hacia las baldosas que había encima de mi cabeza, bautizándome con gotitas de agua fría. Trazó mi silueta en el suelo, me hizo cosquillas en los pies con chorros intermitentes, y acabó el masaje líquido entre mis piernas. Aumentando la presión seductoramente. Aguantándola allí lo bastante para que mi pulso se desbocara.

Entonces me golpeó en la boca. Un manotazo de agua, duro y frío, me hizo separar los labios y me obligó a engullir. Sonriendo mientras yo me ahogaba. Me hacía estremecer. Comenzó a frotarse la polla, que había estado expuesta todo el rato, con unos cuantos meneos enérgico a la vez que seguía disparando la cámara. Mantenía mis piernas separadas con la punta de su zapato. Apretaba la gruesa manguera de la ducha contra mi delicada flor. Mis piernas empezaron a moverse espasmódicamente. Mi cabeza se agitaba de un lado hacia otro. Las arcadas fueron amainando. El orgasmo se iba acercando. De vez en cuando la luz del flash rebotaba en las blancas paredes. Yo me sentía demasiado débil para protestar. Toda vanidad sería inútil. Estallamos los dos. Aquella visión enfermiza quedó grabada como una película en nuestra memoria, para referencia futura. 

Dejó caer la manguera y se arrodilló junto a mí. Me besó los pies, murmurando letanías acerca de mi belleza en francés, alemán y holandés. Me lavó con cuidado. Una sonrisa angelical besaba sus labios. Yo estaba completamente exhausta, paralizada por el cansancio. Me llevó a su cama. Me dijo que descansara, que durmiera, que tenía que recuperar fuerzas. Yo era incapaz de reprocharle las notas que seguía tomando mientras la película rebobinaba dentro de la cámara. 



Lydia Lunch, escúpeme a la cara

París. Barrio de Marais, uno de los más auténticos y menos turísticos de la ciudad. Uno de esos en donde puedes comer un buen menú, en un pequeño restaurante familiar con ocho mesas de manteles de cuadros, y que puedes hacerlo a un precio razonable.
A la vuelta de la esquina una tienda de discos de las que cada vez más hacen falta y que cada vez más son devoradas por las grandes superficies. Una tremenda y ecléctica selección de discos cuyas portadas sólo había visto en internet, si es que las había visto. De fondo una voz desgarrada de mujer que, más que cantar, habla, grita. En cierto modo me recuerda a Tom Waits cuando habla, aunque éste es mucho más melódico. Quizás es la actitud. Empieza a picarme la curiosidad.

Una buena variedad de estilos musicales que acompañan versos (no entiendo todo a la perfección, pero no parecen frases de amor). El primer tema parece un R&B al uso, pero con unos gritos no al uso. Después un tema de triphop que me hace recordar cuando descubrí este género allá por los 90. De repente suena un jazz que poco a poco va derivando a un punk con contrabajo y saxo. Todo muy oscuro, rodeado de humo. Y otra vez esa voz. Basta.

Me acerco al dependiente. Un tipo de unos cuarenta, estilo típico-francés-con-boina-que-nos-viene-a-la-cabeza. Antes de abrir la boca, observo el mostrador (mi madre me ha enseñado a ser así de cauta, a pensar y observar antes de preguntar, y mientras ella no esté delante, trato de serlo) y ahí mismo frente a mis narices un disco de color rojo con la cara de una mujer que no me es para nada familiar. Este es el disco que está sonando ¿verdad?, pregunto. Asiente. Lydia Lunch, pone. La portada parece de los ochenta, pero no, la que es de los ochenta es ella. Un look a lo Siouxie Sioux, pero con sonido diferente. Me lo llevo, junto con otras dos recomendaciones del amable típico-francés-con-boina-que-nos-viene-a-la-cabeza en cuya mirada reconozco ese “qué freak es esta tía”, cuando le solicito amablemente que me enseñe más discos con unas pautas claras: que estén cercanos a la improvisación, al jazz, que sean mujeres las que componen y, sobre todo, que no los conozca. Da en el clavo. Seguro que él también es un freak.
Madrid, llego directamente a trabajar y me llevo los discos. Tengo que escucharlos ya. Lydia Lunch. Vale, tiene temas y temas. El disco es un recorrido por la carrera de esta mujer. ¿Recorrido? ¿Carrera? ¿Pero quién es esta tipa?


Lydia Lunch es cantante, poeta, escritora, fotógrafa, actriz… creadora. No ha parado ni un solo momento de su vida y siempre se ha mantenido alejada de las oleadas comerciales, buscándose y expresándose con todos los medios que se ponen a su alcance. Originalmente Lydia Koch, recibe el apodo de Lunch porque robaba comidas para sus hambrientos colegas artistas. En 1976 monta un grupo, Jesus & The Jerks con un tal James Chance, músico punk-funk-jazz también conocido en la escena underground neoyorquina. Los dos forman parte del movimiento llamado No Wave (arriba varios miembros de este movimiento, Lydia Lunch encima del coche). Varias colaboraciones con otros artistas como Nick Cave…, la verdad es que le pega. Varios discos e incluso su propia discográfica, donde publica sus canciones y discursos. En 1997 ve la luz Paradoxia, publicado en España por la editorial Melusina, una historia que parece autobiográfica. Lo busco y lo leo.

Lunch no ha tenido una infancia fácil. Su padre intentó violarla en varios episodios de su adolescencia. Esta mujer te escupe a la cara cuando escribe. Paradoxia es la historia de una joven buscándose la vida en Nueva York, una ciudad que ofrece oportunidades, pero que también te las quita. La venta de drogas y el sexo son sus maneras de sacar dinero. No se considera puta. No sale a hacer la calle, simplemente sabe el poder que tiene su sexo y cómo puede sacar lo que quiera a cambio del mismo. Identifica a sus víctimas cual depredadora, en una narración llena de gritos, vómitos, sangre, flujos, drogas, adrenalina. Un buen reflejo del panorama No Wave de aquellos años, supongo. Una narración brutal que en muchas ocasiones llega a rozar la repugnancia.
Paradoxia, según un libro de Krafft-Ebing que trata una serie de desviaciones sexuales, es cuando se produce deseo sexual en una etapa en la que no corresponde, como en la infancia o en la vejez. En este sentido, cada escena de Paradoxia plantea que hay otras alternativas (sobre todo en lo sexual) mientras uno tenga voluntad de llevarlas a cabo, y que no hay edad ni género que pueda delimitar la sexualidad de las personas. Éste es, sin duda, un libro que puede resultar desagradable en algunas ocasiones, pero que también plantea interesantes preguntas sobre género y sexo. La edición española lleva además un prólogo de Virginie Despentes, de la que ya se ha hablado aquí con anterioridad. Es curioso que se dice que Lydia Lunch escribe como un hombre y de hecho sólo se la compara con autores como Bukowski, Burroughs o el mismísimo Marqués de Sade. Y es que su narración es dura, sí, pero sobre todo porque viene de un cerebro femenino que para muchos puede que tuviera que haber estado confinado a tareas mucho más nimias.

VANESSA PASCUAL




Medidas desesperadas, de Lydia Lunch

Por fin se publica en España otro libro de la rompedora Lydia Lunch. Se trata de la traducción del volumen de textos misceláneos titulado Will Work for Drugs. Un auténtico puñetazo al estómago, un rotundo ejemplo de literatura provocadora que sigue la senda tortuosa de Hubert Selby. Lunch reúne relatos, vomitonas ensayísticas y autobiográficas y cuatro entrevistas (tres de ellas las mantiene con el citado Hubert Selby, el grandísimo autor de La habitación, Réquiem por un sueño y Última salida para Brooklyn; con Jerry Stahl, del que en España sólo se conoce Yo, Fatty, y del que inexplicablemente no se ha traducido aquí su Permanent Midnight, según tengo entendido unas memorias turbadoras e imprescindibles; y con Nick Tosches, otro provocador cuyo libro más célebre, El manuscrito de Dante, sí está publicado aquí y hoy mismo iré a comprarlo).

Lydia Lunch, que vive actualmente en Barcelona, en este libro toca temas como la maternidad, los malos tratos de su padre y su madre, el abuso sexual cuando ella sólo era un adolescente, sus relaciones con canallas de muy baja estofa, la guerra, el insomnio o las religiones. Una obra dura, sin ninguna concesión al lector, una obra de pegada fuerte. En el mundo visceral, sin duda Lydia Lunch es la reina absoluta del momento. Leamos unos fragmentos:

Mi padre, decrépita fosa séptica de iniquidad, filtro de perversión y lascivia, payaso psicótico de insidiosos rituales sádicos que corrompieron para siempre cada una de sus células empapadas de cáncer, y le marcaron los dedos y la lengua con una aureola dorada de nicotina que parecía crecer y expandirse con cada cigarrillo sin filtro que sorbía en su eterna renuncia a la vida, en su diaria masacre de cualquier resto de humanidad que pudiera quedar en mí después de que mi alma fuera repetidamente profanada por las transacciones de alcoba de mi madre.

***

La guerra es tan vieja como Dios mismo. Y la guerra no se acaba. La guerra nunca termina. La guerra no es más que una orgía de sangre y vísceras planeada y dirigida por viejos verdes atiborrados de testosterona, que sólo encuentran satisfacción follándose el planeta entero. ¡Ésta es la VERDADERA PORNOGRAFÍA! Una escandalosa pelea de gallos con cowboys exaltados que retarán a duelo al insensato que se resista al advenimiento de su mentalidad de competición de rodeo.

***

¿Son imaginaciones mías, o corríamos mucho menos peligro cuando al líder de los llamados países libres le hacían mamadas en la Casa Blanca? ¿No es mejor liberar un poco de tensión en la cara de una víctima complaciente, que descargar toda la agresividad y toda la frustración sexual en países de medio mundo, con flagrantes mentiras de libertad y democracia, con mal disimulados propósitos de sacar jugo a la tierra mientras seguimos haciendo cola en estaciones de servicio Exxon, sosteniendo una manguera de gasolina, gran verga fofa que pagamos poniendo el culo en una perpetua sodomía?

***

Si no estáis preparados para morir en cualquier momento, cualquier día, no estáis viviendo de verdad.

[Traducción de Marc Viaplana]




Lydia Lunch o la sofisticación de la rabia, por Enrique Winter

La presente entrevista, que ahora reproduce Vallejo & Co., fue publicada por su autor para la revista impresa Canibaal (Valencia), el 21 de mayo de 2015. Hasta hoy, permaneció inédita en el medio virtual.


Entrevista y traducción de Enrique Winter
Crédito de la foto del autor


Lydia Lunch* o la sofisticación de la rabia



La cantante, ícono del Spoken Word y fundadora de movimientos míticos como No Wave y Cinema of Transgression, es también poeta, cronista y guionista, actriz y fotógrafa. Aunque reside intermitentemente en Barcelona, conversamos en Manhattan.


Lydia Lunch da una charla en el centro de la galería donde expone algunas fotos y discos, además de una instalación de gran formato. Viste enteramente de negro como la mayoría de los espectadores, “porque es fácil, viajo sólo con una maleta”; bebe vino, fuma, grita y luego sonríe. ¿Punk todavía? “Qué va, el punk fue una mierda”, dice, “esos ridículos tres acordes no tienen nada que ver con el No Wave” que se burlaba, en un juego de palabras entre lo nuevo y su negación, de las bandas punk que para fines de los años setenta ya se denominaban New Wave. “El No Wave, en cambio, es el único género musical cuyas composiciones no se parecen a sí mismas”, aclara, “continuó a Fluxus y vino a deconstruir el rock, el cine”. Lydia cuenta anécdotas de la Nueva York pobre y drogadicta después de Patti Smith (“alucinante con ‘Piss Factory’, pero acabada ya en Horses”) y antes de Sonic Youth, aplaudidas anécdotas sobre el basural que era la isla por entonces. “Pero yo llegué corrompida de antes, no le echo la culpa a la ciudad”.




Cuatro días más tarde la entrevisto en la misma galería del Lower East Side. Lydia conversa y mastica un burrito servido directamente en una bandeja plástica para llevar. Preferimos continuar el diálogo dentro de la instalación que representa una de las habitaciones que destruyó hace años, antes de partir a España en los noventa, cuando Nueva York ya no le ofrecía nada fresco y Estados Unidos construía con Bush “un Estado fascista”. Antes vivió en Los Ángeles, en Londres de gira, Nueva Orleans, San Francisco, Pittsburgh y Los Ángeles, de nuevo. “Dibujé un pentagrama con mis traslados. Después elegí España, porque llevaba suficiente tiempo sin Franco, pero a la vez sus habitantes sabían lo que era este fascismo del que yo escapé. La primera vez que fui, en 1984, supe que ahí viviría. Es un lugar fascinante desde sus contradicciones: la Inquisición, Dalí, Gaudí, la comida y el espíritu de la gente que no decae, la amnesia de la Guerra Civil. Ves a abuelas marchando contra la venida del Papa y a niñas vírgenes protestando en Sevilla contra el aborto, las procesiones de Pascua. Los españoles tienen las corridas de toros y el flamenco, entienden de pasión y de sangre, de los temas duros que constituyen mi poética y por eso no me tienen miedo. Le dedico al país una de las performances que me grabó Eduard Escoffet, pero me rehúso a hablar en castellano. Primero, porque no sé suficiente catalán y segundo, porque soy una forastera primitiva dondequiera que esté y eso me acomoda. Además, escuchar un idioma sin entenderlo es como escuchar música”. Lydia Lunch ha ido a la misma tabaquería por siete años y recién el vendedor le habló en inglés. “Más te vale”, le respondió, “porque yo no iba a hablarte en catalán e igualmente sabes lo que necesito”. Según ella, el público no terminó de acostumbrarse a las traducciones que acompañaban sus performances, que ahora incluyen videos abstractos. “No me entienden en Estados Unidos y me va a importar que no me entiendan allá”.

Lunch tiene ojos grandes y mira fijamente, no detiene su voz gastada mientras mueve los brazos. Uno asiste en su presencia al “cine de la trasgresión” que ha protagonizado tantas veces, ese cine contestatario y de bajo presupuesto de los ochenta. Ella advierte que grababa su propia vida, que conoce bien la química de los amores y prefiere “terminar sus relaciones cuando están maravillosas antes de que se parezcan a esta habitación”. En efecto, estamos rodeados de declaraciones como “me hiciste odiarte”, fotos sangrientas y vasos quebrados. La cama en que nos apoyamos está deshecha. Su nomadismo sentimental es también físico y los ocho años que cumplió en España fueron su récord de estabilidad. Pero ya le picaban los pies por moverse y ha vuelto a la carretera con su retrospectiva y banda homónimas, “Retrovirus”, juntando sus archivos repartidos en cada una de las ciudades donde vivió. “Era urgente que lo hiciera, para contrarrestar la música de mierda que se hace hoy”.




“Siempre fui una esquizofrénica musical, desde el comienzo tuve de a dos o tres bandas a la vez. Con Teenage Jesus and The Jerks no tocábamos más de media hora seguida. La banda siguiente era una mezcla de pop, surf, punk y jazz de la costa oeste. Siempre cambiaba y eso continúa con Big Sexy Noise hoy, brutal y bello. En los conciertos el público canta temas que escribí antes de que nacieran. Mucha de esta música, por cierto, nunca la toqué en vivo. He grabado más de lo que me he ido de gira. Soy una artista conceptual: pienso primero cuál es el concepto y luego quiénes calzan mejor con él para que me acompañen en la composición. Me siento conectada al dada, al surrealismo, a Duchamp, a los situacionistas. Soy más literaria que musical, uso la música para que la poesía cruce”.

Sus últimos discos son más rockeros que los góticos de comienzos de los noventa. Lydia giró con The Birthday Party, la primera banda de Nick Cave (“nunca tuvimos nada en común ni me entendió”) y Henry Rollins (“una experiencia deprimente”), pero prefiere las que hizo con Thurston Moore y Rowland S. Howard. Con el miembro de Sonic Youth grabó un álbum incluso, In Limbo, y sigue improvisando en vivo por estos días, dando clases con él en Naropa, la escuela de poéticas fundada por Allen Ginsberg. “Death Valley ‘69”, su famosa colaboración para el disco Bad Moon Rising, la escribieron en un bus a Harlem. El video los muestra de paseo, disparando, muertos en una cabaña, tocando en vivo, encandilados, con cuchillos entre las piernas, policías y caras girando perturbadas.



Para Lydia Lunch es importante distinguir que el odio no lo tenía entonces ni ahora contra los movimientos de los sesenta sino contra el fracaso de los mismos. “Empezaron con paz y amor y terminaron con Charles Manson. Después tuvimos Vietnam y Richard Nixon: pura oscuridad”. En los conciertos de las primeras bandas de Lunch era común que la diferencia entre los artistas y el público se diluyera. “Todos hacíamos algo” dijo en la charla del domingo, pero hoy me desmiente que eso fuera a propósito. Por el contrario, ella quería mantener la distancia tradicional del arte. Distingue entre la actitud punk propicia a mezclarse con el público y la No Wave, en que ella y otros directamente lo confrontaban. Pero los conciertos eran un refugio de freaks, formaban una comunidad aunque no lo quisieran. “No me toques, sólo mira y cierra el hocico”, esa era su actitud y la sigue siendo, con la bota adelante para patear si es necesario. “No me gusta esa falsa adoración, ¿a quién adoran si no me conocen?”. Lunch compartía con su público el desagrado respecto del mundo, pero la relación entre ellos era igualmente desagradable. Violenta, incluso.

Promueve que las mujeres porten armas, algo cada vez más conflictivo en Estados Unidos dadas las continuas matanzas de civiles a cargo de desadaptados con acceso a ellas. Hace la diferencia de nuevo con España: a los adolescentes los ve abrazándose, besándose en la calle. En Estados Unidos ve las pandillas y le dan ganas de cambiarse de acera. A juicio de Lunch, el machismo y el racismo están en su peor momento. “No tenemos un presidente negro, tenemos una mascota beige”, afirma. “Hace poco Bush dijo que Clinton era como su cuñado, ¡mira cómo nos joden! Todos los políticos son corruptos y yo vengo diciéndolo desde la época de Reagan”.


La artista Lydia Lunch



Entre sus colaboraciones actuales cuenta a músicos chilenos como Nicolás Jaar y poetas rumanos. Lydia Lunch está más activa que nunca con la exposición, con varios discos y libros nuevos, dando clases y yéndose de gira con Retrovirus por Europa del este y Nueva Zelanda. Extrañamente, no se ha considerado nunca una artista de escenarios, sino del spoken word o poesía hablada. Convencida del poder de confrontación que tiene la palabra, devora literatura. No cualquiera, subraya, sino la de Selby, Miller, Genet, Foucault o Sade, por ejemplo. En el diario Paradoxia narra con crudeza sus radicales aventuras como depredadora de hombres. La poesía tradicional le parece, en cambio, demasiado blanda, demasiado suave, como el rocanrol, con pocas excepciones. “Lorca, sin duda, pero la poesía estadounidense es romántica de la forma equivocada, especialmente los beats. Ginsberg hizo un solo poema bueno: ‘Aullido’. Mi poesía está en el ritmo no en la rima, sobre todo en la pausa, porque en la pausa es cuando la gente se incomoda”. En este momento entran dos estudiantes afroamericanas, preguntan si interrumpieron algo y dicen que la habitación les asusta. “Espérense a leer los poemas”, las desafía Lunch, apuntando a los muros. “Nos encanta”, responden y cierra la artista: “todo esto trata de relaciones quebradas, la violencia doméstica convertida en poesía”.

“El Spoken Word y el Illustrated Word (la palabra ilustrada) siguen siendo lo más importante para mí. Pongo arte visual, pero las palabras son el centro, lo íntimo. Uso la música para que sea más fácil entrar en ellas, nada más. Tengo mi lengua en tu oreja, la música en tu cabeza y en tu culo”. Vuelven a hablar las estudiantes: “¿el señor de la foto es una persona real?”. “Mi papá”, responde Lydia y por primera vez se queda en silencio, luego apunta al ex que provocó la obra: “un genio de escritor, un autoflagelante que no podía controlar las ganas de sabotearlo todo”. Me explica que el problema con los maniacos es que tienen que ser persuasivos para sobrevivir, que muchas veces son talentosos. Aprovecha de contarme que Sade nació el mismo 2 de junio que ella cuando le indico que yo nací el 3, como Ginsberg. Casi toda su banda es géminis también. Y como si nada, responde a mi pregunta acerca de lo que siempre vuelve a ella, recordando una escena dentro de un coche, bajo la lluvia con un viejo amigo, ambos saliendo de relaciones traumáticas: “a veces, cuando necesitas algo realmente pequeño y tierno y no lo recibes, buscas algo realmente grande, feo y feroz”.






Lydia Lunch nació luego de un hermano muerto, junto a otro y antes de un tercero. “La muerte me rondó siempre, de los once hermanos de mi madre, sólo tres llegaron a adultos”, agrega. Nació como Lydia Anne Koch, pero ganó su apodo por robar almuerzos (“lunch” en inglés) para ella y sus amigos. “Tenían hambre”, dice. Hace poco, dos décadas después, publicó libros de cocina. “Tiene sentido, ¿no? Siempre he hecho lo mismo: tratar de alimentar a la gente que está hambrienta de algo”. Los libros se refieren, entre otros temas, a las drogas y las fiestas desde la Antigua Grecia, al exceso y la magia. “Sólo he sofisticado mi rabia. Tengo tantas maneras de canalizarla, que no es que me haya ablandado, sólo soy más compasiva que antes. Soy una utopista, pero no una escritora utópica. La poesía no viene del placer sino del dolor. Lo importante de las relaciones autodestructivas que tuve es que sufrí por la genialidad, pero el problema es que no estaba segura ni en mi propia casa. Recuerdo a otro hombre que fue mi pareja del 77 al 79. Cuando recién volví a Nueva York, para el huracán Sandy, discutió con su mujer porque venía a verme; le disparó, la mató y él mismo murió al día siguiente. Me alivió que no fuera yo. Estoy viva, ves, no puedo decir lo mismo de todos mis ex amantes”.

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